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El concepto de sostenibilidad se ha impuesto en el debate político en los últimos tiempos, y el mundo agroalimentario no se escapa del mismo.  Es más, seguramente podríamos decir que está en el corazón del debate, impulsado desde múltiples instancias internacionales – empezando por el Food Systems Summit de Naciones Unidas -, y multiplicado a nivel europeo por el impulso del Green Deal y de la Estrategia Farm to Fork.

Todos los días surge un nuevo informe, nuevo análisis, nuevas iniciativas, nuevos ángulos… es imposible estar al corriente de todo lo que se produce.

Peor aún, fruto de tan intenso debate surgen iniciativas políticas que se superponen una sobre otra y a veces, hasta se contradicen y confunden más que abren el camino hacia ese nuevo modelo de producción, trasformación, comercio y consumo al que nos dirigimos.

Pero los hechos son tozudos y la corriente política tan fuerte, que no para.

Como ejemplo, baste un botón. No hemos cerrado aún a nivel europeo el modelo de etiquetado frontal y ya estamos entrando en temas de la huella ambiental con iniciativas como el ECOSCORE francés, que nos augura los mismos intensos debates que el Nutriscore.

Es más, recientemente se ha lanzado una Iniciativa Ciudadana UE para la implantación del ECOSCORE a nivel UE – cuando todavía no está definido el modelo y se encuentra en fase de proyecto piloto en Francia-.

Recordemos que la Iniciativa Ciudadana UE es un instrumento que permite a una propuesta que reciba un millón de firmas de al menos 7 países de la UE instar a la Comisión Europea a analizar el asunto, y eventualmente tomar medidas – que pueden ser incluso legislativas-.

Como fondo de todo esto, indicar que la Comisión lleva una decena de años trabajando, realizando estudios y proyectos piloto en el tema de la huella ambiental y sigue sin tener claro cómo hacerlo, y menos extenderlo al conjunto de la producción agroalimentaria – aunque no escatima ni en recursos ni en voluntad política-.

Como este ejemplo podríamos referir más de uno, y quizás la reflexión pueda ser que en algunos casos la fuerza de las ideas políticas se pone por delante de la realidad y del análisis sosegado y profundo, con resultado dispar.

Algo similar está pasando con el tema que enuncia esta reflexión, lo que se ha venido a denominar el True Pricing (no me atrevo a traducirlo al castellano porque evoca un programa de tv que resta rigor al tema).

El True Pricing es una teoría que básicamente intenta considerar los “verdaderos costes ocultos” de un producto agroalimentario, incluyendo en los mismos los relacionados con el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y daño medioambiental, así como los relativos a la pobreza / sociales.

Se trata pues de reflejar toda una serie de costes externos para de manera transparente pagar por ellos y conseguir la reparación.

La iniciativa surge en Holanda hace unos años de la mano de la True Price Foundation, aunque también se han desarrollado trabajos en países como Alemania (Universidad de Augsburgo) , que ha llegado a desarrollar guías de aplicación del modelo.

Existe incluso una tienda en Ámsterdam que pone en práctica el modelo, abierta en febrero de 2020, y recientemente se ha publicado un libro, True Cost Accounting for Food, Balancing the Scale – Routledge Studies in Food, Society and Environment – , en el que se desarrolla  el concepto, su aplicación y diferentes experiencias. Cuenta con un capítulo específico para las carnes, incluyendo en este caso las cuestiones de bienestar animal entre las externalidades a cubrir, haciendo una interesante comparativa entre la carne y lo que denomina “faux meat”.

Vuelvo ahora a mi reflexión inicial sobre la fuerza de las corrientes políticas, cuando no ideológicas, para comentar este caso:

  • No parece que la teoría económica detrás del concepto True Price esté desarrollada ni sea consistente, al menos por ahora;
  • El hecho de que exista una tienda debe considerarse como una experiencia piloto, y la gama de productos sigue siendo limitada: café, chocolate, té, leche, pan, plátanos y rosas.

Dicho lo cual, el concepto ha entrado en el ámbito político y empieza a abrazarse desde las instituciones, desde diferentes ángulos.

El primero a mencionar es el Plan de Acción UE para el desarrollo de la agricultura ecológica, presentado por la Comisión en marzo pasado, en aplicación de la Estrategia Farm to Fork, que recoge en su punto 1.4 “la realización de un estudio sobre el precio real de los alimentos, incluido el rol de los impuestos, para el desarrollo posterior de recomendaciones”.

El otro es más patente, y se inscribe en los debates dentro del Parlamento Europeo sobre la Estrategia Farm to Fork, cuya resolución se espera para el próximo mes de septiembre u octubre. El documento de compromiso que habrá de ir al Plenario recoge dos propuestas, una relacionada con la necesidad de conocer el coste real de los alimentos, otra solicitando a la Comisión “la realización de un estudio sobre los costes medioambientales y de salud de la producción y el consumo de un grupo de productos normalmente consumidos”.

Pues ahí está. La tendencia evidente es al análisis del impacto de la alimentación desde todos los ángulos, no queda uno sin escudriñar. Y no hay nada malo en ello si buscamos un modelo mejor, todo lo contrario. Lo que quizás no sea la mejor forma de hacerlo es poner el carro delante de los bueyes.

Tras el verano lo veremos.

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