La semana pasada un fallo informático en una importante compañía de control de frío en la cadena agroalimentaria provocó un (otro) grave incidente en Francia.
En realidad, se trataba de un hackeo que afectó a 700 supermercados de varias enseñas, cuyos sistemas de refrigeración y frío se alteraron para llevar la temperatura hasta los 50º, con las consiguientes pérdidas de producto, cierre de tiendas, reposición urgente, …un desastre.
No es la primera vez que pasa, pero esta situación debe hacernos pensar en algo en lo que no se suele reparar: ¿está nuestro sistema agroalimentario preparado ante contingencias excepcionales? Porque no se trata solo de la cadena de frío, se trata de cierres de estrechos clave en el comercio mundial, de guerras, de tensiones comerciales, …
La DG AGRI de la Comisión Europea puso en marcha durante el COVID-19 el denominado EFSCM –European Food Security Crisis preparedness and response Mechanism / mecanismo europeo de preparación y respuesta ante crisis de seguridad alimentaria–, un grupo específico para abordar estos temas, en el que participo.
La semana pasada se presentó el informe 2026 de oferta y seguridad alimentarias, en el que se viene a reflejar un panorama de luces y sombras: somos autosuficientes en muchas producciones y hay gran disponibilidad, pero dependemos de insumos externos clave (proteína vegetal), la inflación daña los mercados y el consumidor y los factores climáticos y medioambientales presionan la producción.
Y aunque la situación en términos de balanza de aprovisionamiento no sea preocupante, sí lo es en términos de disponibilidad, como bien demuestra el suceso en Francia que abre estas notas.
Esta reflexión nos lleva a otra más de fondo, pero que empieza a aflorar en este debate en Bruselas, y es si la Unión Europea debe tener una doctrina de seguridad alimentaria, entendida como un sistema que ordene recursos para amortiguar imponderables que pongan en riesgo las necesidades de la población.
Es muy interesante constatar cómo en este asunto la historia y la geografía de los países juegan un rol determinante en el desarrollo de las doctrinas, lo que da lugar a una importante variedad de modelos.
China acumula stocks estratégicos; Finlandia, que comparte 1.400 km de frontera con Rusia, tiene una estrategia completa (no solo alimentos, también energía, fertilizantes, medicamentos…); Suiza tiene un sistema de reservas obligatorias en manos de empresas privadas bajo control federal, para mantener el país funcionando en caso extremo… En fin, hay estrategias para todos los gustos – e incluso no las hay.
La pregunta que cabe ahora es si tiene sentido pensar en una doctrina de seguridad alimentaria a nivel de la Unión Europea.
Porque si compartimos políticas y el objetivo último es la armonización y creación de un modelo común, sería lógico pensar que los riesgos actuales sobre algo tan crítico como es la alimentación de la población los debiéramos cubrir en comandita.
La respuesta no es fácil. Vivimos en un mundo imprevisible, eso es cierto. En cualquier momento puede surgir un evento grave, pero… ¿esto cómo se hace? ¿Quién controla el modelo, la Comisión o los Estados? ¿Se asignan productos por países? ¿Se incluye solo una reserva de alimentos o se extiende el alcance al transporte y almacenamiento, energía, personal…?
En fin, la inquietud empieza a estar presente. Habrá que seguir el debate y estar presente en él a todos los niveles.




