¿Y si el próximo gran cambio en alimentación no viniera de una nueva dieta, sino de una hormona?

Por Carmen Báguena Ferratges

Durante décadas, buena parte de la industria alimentaria ha trabajado sobre una premisa sencilla: conseguir que el consumidor elija un producto, lo consuma y vuelva a comprarlo.

Ahora aparece una variable que puede alterar esa lógica desde el origen: el apetito.

Los medicamentos basados en GLP-1, como semaglutida o tirzepatida, están transformando el tratamiento de la obesidad y plantean una pregunta relevante para la industria agroalimentaria:

¿Qué ocurre cuando una parte de los consumidores no solo quiere comer mejor, sino que sencillamente tiene menos hambre?

Menos hambre, menos comida, y una cesta de compra diferente.

El estudio «The No-Hunger Games: How GLP-1 Medication Adoption Is Changing Consumer Food Demand» (SSRN) analiza cómo cambian las compras de alimentación de los hogares estadounidenses cuando uno de sus miembros empieza a utilizar medicamentos GLP-1.

Seis meses después, los resultados revelan que el gasto del hogar en alimentación cae un 5,3 % de media, mientras que, en los hogares de mayores ingresos, la reducción llega al 8,2 %.

Algunas categorías registran descensos especialmente relevantes:

  • Snacks salados: -11,5 %
  • Bollería: -8,5 %
  • Queso: -7,2 %
  • Galletas: -7 %
  • Refrescos: -6,8 %

Mientras que otras muestran pequeños incrementos:

  • Yogures: +2,5 %
  • Frutas y verduras: +1,5 %
  • Barras nutricionales: +0,5 %

El escenario que plantean los GLP-1 introduce una ecuación diferente: menos volumen, mayor selectividad, mayor valor nutricional por ocasión de consumo.

Si un consumidor reduce la frecuencia con la que compra determinados snacks, refrescos o productos indulgentes, el efecto puede trasladarse del lineal a toda la cadena de alimentación: fabricantes, distribución, restauración y, aguas arriba, demanda de determinadas materias primas.

¿Un consumidor «GLP-1 friendly»?

En Estados Unidos ya empieza a utilizarse la expresión «GLP-1 friendly» para describir alimentos dirigidos a consumidores que utilizan estos medicamentos.

En la UE, sin embargo, conviene ser prudentes. Las declaraciones nutricionales y de propiedades saludables están reguladas por el Reglamento (CE) 1924/2006. Expresiones como «alto en fibra» o «alto en proteínas» solo pueden utilizarse cuando cumplen las condiciones establecidas por la normativa, mientras que las declaraciones de propiedades saludables están sujetas a requisitos adicionales.

¿Moda farmacéutica o cambio estructural?

Todavía no tenemos la respuesta.

La evidencia sobre los efectos a largo plazo de los GLP-1 y sobre sus consecuencias para el consumo alimentario continúa evolucionando. Además, los datos de comportamiento proceden de hogares estadounidenses y no pueden trasladarse automáticamente al consumidor europeo.

Pero sí existe una señal suficiente para empezar a hacerse preguntas:

  • ¿Qué categorías son más vulnerables y cuáles pueden beneficiarse?
  • ¿Qué papel tendrán la proteína, la fibra, la saciedad o la densidad nutricional en la innovación?
  • ¿Cómo cambiarán los formatos, las raciones y las ocasiones de consumo?
  • ¿Y qué impacto tendrá todo ello sobre las materias primas y el conjunto de la cadena agroalimentaria?

Quizá uno de los grandes retos para la industria alimentaria en los próximos años sea precisamente ese: innovar para un consumidor que puede querer comprar menos, pero ser más selectivo en sus compras.

El mundo innova. Europa regula. Y entre ambas velocidades se abre una tensión cada vez más evidente: cómo impulsar la innovación alimentaria y farmacológica sin que la regulación llegue demasiado tarde —o demasiado pronto—. El verdadero reto será conseguir que ambas avancen al mismo ritmo.

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