El sistema multilateral anda revuelto desde que Trump asumió la presidencia de los EEUU y, especialmente, en lo que respecta al comercio. Al poco de su mandato ya empezó a cargar contra el NAFTA, el Acuerdo Transpacífico (TPP), la Unión Europea y, por supuesto, China. Y ahora da otra vuelta de tuerca a este país.

No son buenas noticias porque como ya hemos apuntado en otra ocasión, las guerras comerciales no benefician a nadie y tienen efectos negativos sobre el crecimiento mundial, como han demostrado el FMI y la OCDE.

Pero a estas alturas, como ya no nos creemos lo de los buenos y los malos, habrá que ver qué hay detrás de esa nueva ronda de aranceles punitivos  a las importaciones chinas que ha anunciado el USTR (Representante de Comercio EEUU), y a las que China se prepara para replicar.

La guerra fría se acabó y algunos la añoran porque piensan que las cosas eran más fáciles entonces: en términos comerciales, los intercambios entre los dos países en aquellos momentos  eran de mil millones de dólares al año, casi constantes. Hoy son de mil millones de dólares… al día. Y en este marco, el déficit comercial americano con China sobrepasa los 375 mil millones de dólares (2018), casi la mitad del déficit de la economía americana .El asunto, pues, es mucho más complejo.

Aunque China se hiciera miembro de la Organización Mundial de Comercio China en 2001, no parece que tenga mucho interés en adaptarse al modelo tradicional de economía liberal de mercado y se sigue guiando por un modelo de “capitalismo de Estado” en el que todo sigue estando  programado por el gobierno. Y las empresas, especialmente en el exterior, juegan el rol de instrumento político (“soft power”) de la estrategia estatal -evidentemente con todo su apoyo-.

Buenos ejemplos de ello son la iniciativa One Belt, One Road ( la denominada nueva ruta de la seda), un mega plan de infraestructuras con un presupuesto de un billón de dólares sufragado por el gobierno chino para conectar Asia ,África y Europa a través de 71 países en una operación gubernamental de dominio global, estímulo económico y fuertes connotaciones marketinianas.

O el plan “Made in China 2025”, concentrado en 10 sectores estratégicos (la agroalimentacion no está, pero si la maquinaria) con el que se pretende lanzar a la industria china al primer orden mundial para dejar de ser la fábrica del mundo y pasar a producir productos y servicios del mayor valor añadido y convertirse en una potencia tecnológica mundial. Este plan pasa por potenciar la innovación y la digitalización, programas para estudiantes chinos en universidades norteamericanas, financiar adquisiciones de empresas… todo ello con el soporte financiero del gobierno chino.

No es de extrañar, pues, dejando consideraciones políticas y de estilo aparte, que los Estados Unidos estén preocupados  por los planes chinos. El problema es que parece difícil que ambos países lleguen a un acuerdo en el actual proceso de negociaciones con esta escalada de retorsiones. Y no menos que Estados Unidos vaya a conseguir forzar un cambio drástico en el modelo económico chino.

Pero el problema existe y Europa comparte la misma inquietud que EEUU, aunque de otra forma. La reciente Cumbre Europa – China dejo en efecto claro que hay problemas de fondo con el modelo (digamos “ventajista”) chino, y sobre todo preocupación con las inversiones de este país en Europa y sus efectos. De hecho , Bruselas ha tomado medidas y ha adoptado nueva reglamentación que obliga a los Estados miembro a seguir las inversiones chinas en sus economías , coordinar sus actuaciones e intercambiar información con la Comisión para restringir al máximo movimientos que impliquen alteración de la competencia , de la propiedad intelectual o espionaje tecnológico.

Pero los efectos de esta guerra comercial no solo se dejan ver en sectores de tecnología punta o sensibles desde el punto de vista de la seguridad. En el terreno agroalimentario también hay efectos que llaman nuestra atención alguno de los cuales me gustaría señalar.

Lo primero que habría que hacer es recordar lo obvio: el poder que en términos geopolíticos y geoeconómicos tiene la alimentación, una necesidad social básica enormemente sensible a cualquier cambio. Y más en el caso del que hablamos: China, un país que no es capaz de alimentar a su población, que está entre los grandes importadores mundiales y que más lo habrá de ser en el futuro próximo.

Dicho esto, el cruce de retorsiones arancelarias entre USA y China está provocando cambios en el comercio agrario internacional que empiezan a mostrar sus efectos. El incremento arancelario chino se centra en sorgo, productos lácteos, porcino y ave y sobre todo soja. China es el primer importador mundial de soja con 100 millones de toneladas, que ahora se están cubriendo en menor medida desde los EEUU y más desde Brasil.

Las dificultades en el mercado chino también están seguramente detrás del aumento de las importaciones de soja americana en Europa, que ha querido tener un gesto de distensión con la administración Trump y calmar sus ánimos frente a las  importaciones  de automóviles …

Por otro lado el daño a las exportaciones USA inquieta al lobby agrario local, pero Trump ya ha anunciado que si hiciera falta, el gobierno comprará las cosechas y las donará a países necesitados en forma de ayuda alimentaria…

Como se apuntaba, China no tiene capacidad de producción ni tierra agrícola suficiente para dar de comer a su población; precisamente por ello hace años puso en marcha una estrategia de compra de tierras (land grabbing) que ha alcanzado ya a más de treinta países. Pero esta estrategia no basta. Las restricciones a sus inversiones y las guerras comerciales, como vemos, están minando su estrategia de aprovisionamiento a largo plazo y es por ello que buscan nuevas alternativas como convertirse en líderes en el comercio global de materias primas y alimentos.

Así lo explicaba en un reciente artículo The Economist ( 02/02/2019), que detalla cómo el grupo estatal chino  COFCO constituyó en 2014 una filial como trader global, que desde entonces ha adquirido varías compañías en Europa e invierte en silos, logística e instalaciones de procesado operando en más de 50 países. Toda una sorpresa para las grandes multinacionales del comercio de materias primas que han visto como surgía un nuevo competidor en la escena.

En suma, el movimiento del tablero trae consecuencias inesperadas que  atañen a toda la economía (incluido nuestro sector), con consecuencias difíciles de aventurar – y no siempre positivas-. Veremos en que acaba todo esto.

Por el momento no estaría de más profundizar en los intereses chinos en el mundo agroalimentario europeo: importaciones/exportaciones, adquisiciones en los diferentes eslabones, prioridades en materia de inversión, cooperación científica y tecnológica,…Estados Unidos lo tiene bien documentado y analizado, me temo que la Unión Europea todavía no ha llegado a ese nivel.

Sería un ejercicio bien interesante y a lo mejor nos llevamos toda una sorpresa. No me atrevo a aventurar en qué sentido.

 

 

 

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