Si la globalización puede resumirse en dos palabras esas serían aceleración e interdependencia. Asistimos a una crisis sistémica (es decir del todo, del conjunto de los elementos que conforman o sustentan nuestra sociedad), y el gran problema es que no sabemos cómo se van a resolver los acontecimientos. No sabemos aun claramente hacia dónde va el modelo, y mientras tanto intentamos resolverlo con los instrumentos que tenemos, que son los antiguos y claro, poco eficientes.

Esta reflexión viene al caso porque parece que entre las ideas que se barajan en relación con el futuro de la Organización Mundial del Comercio está el tema de competencia. Y especialmente en la economía digital, que es una rara mezcla entre monopolio y al mismo tiempo dinamizador de la economía.

Según los expertos, una industria puede ser no competitiva si hay una concentración de ventas, empleados, propiedad intelectual o datos, y si el retorno sobre el capital es anormalmente alto para periodos largos de tiempo. Esa situación, que caracteriza a las empresas del  mundo tecnológico, es  evidente que afecta al funcionamiento del comercio  mundial y por esta razón se ha incluido en la agenda.

Pero curiosamente, en el imaginario colectivo, pocos son los que llaman la atención sobre esta situación, y mientras unos critican la fusión entre Bayer y Monsanto como el mayor de los horrores, nadie se lleva las manos a la cabeza cuando se le recuerda que la gran mayoría de los smartphones que usamos los producen poco más de tres empresas. Así son las cosas…

Las tecnológicas inciden desde diferentes vertientes en la cadena agroalimentaria, unas veces impulsando el negocio, en otras no siempre.

Plataformas globales han entrado en el retail – la compra de Whole Foods por Amazon dio el pistoletazo de salida –  otras en el foodservice – Deliveroo- y están cambiando a paso forzado las reglas de juego, sin que esté claro – al menos para mí- si esa irrupción se hace en términos de igualdad con el retail tradicional. Quedémonos con un solo dato: Amazon tiene a la venta 353  millones de productos, 3500 veces más que la media de supermercados…el reto es impresionante.

Pero hay más. En un reciente monográfico de The Economist sobre competencia se vuelve a incidir en esa idea de las grandes empresas tecnológicas y su relación de amor y odio con la competencia, y se pone el caso de los asistentes de voz (Alexa o Siri, por ejemplo). Estos asistentes de voz personales pueden hacerte más fácil la vida, pero al tiempo ser instrumentos para aplicar precios discriminatorios o cargar a diferentes clientes diferentes precios por idénticos productos, y pone el ejemplo del sobrecoste que podrían cargar al cartón de leche que vayas a pedir al saber el sistema que ya no queda ni un litro en tu frigorífico; o buscarte un vuelo más caro a un destino que ansias, porque han seguido tus conversaciones vía mail con tus amigos.

En fin, en el actual debate en torno a la Directiva sobre prácticas comerciales desleales, la Eurodiputada Pilar Ayuso introdujo en el debate la necesidad de velar por que las condiciones que finalmente se establezcan sean de plena aplicación también al  mundo virtual, no vaya a ser que nos perdamos en el hoy y nos olvidemos del mañana…

Pero la realidad es tozuda, y mientras ocurren cosas como las que acabo de apuntar, la propuesta de reforma de la PAC planteada por la Comisión, pieza clave de nuestra cadena agroalimentaria, omite cualquier referencia a los temas de competencia, y más aun de futuro.  Tanto es así que el Parlamento ha tenido que recordar a través de un informe que los temas de competencia no pueden escapar ni del análisis ni del régimen futuro.

Lo dicho: si levantáramos un poco la mirada, nuestra capacidad de análisis mejoraría. Seguro que seguiríamos teniendo limitaciones en cuanto a los instrumentos como apunto al inicio de esta reflexión, pero también haría más interesante el ejercicio.

 

 

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